Batman no envejece: Cumple 80 años combatiendo la corrupción y la delincuencia de Ciudad Gótica (+Videos)

El Globo News

“No es un superhéroe. Es un millonario que se disfraza de noche. Es cierto que cuenta con algunas habilidades y un lindo auto”. Quien afirme esto sobre Batman, aunque pueda parecer que le asiste la razón, está tan lejos de acertar, de acercarse a la verdad como aquel que cree que el fútbol son sólo veintidós personas corriendo detrás de una pelota. Batman cumple 80 años y goza de excelente salud. Está joven, radiante, vital. Su súperpoder es la inmortalidad, la capacidad de reconvertirse, de mantenerse actual, de traspasar las épocas y no envejecer. La Bati-adaptación.

El personaje hizo su aparición en el número 27 de la revista Detectives Comics (de ahí proviene DC Comics). En la tapa, de una revista que salía 10 centavos de dólar, colgado de una soga, tomando con la otra mano a un villano del cuello, el nuevo héroe se presenta al mundo. Todavía no tiene la fisonomía por la que después lo conoceremos. En la espalda dos alas de murciélago, rígidas y poco funcionales, en lugar de la capa, el logo en el pecho es algo confuso y las orejas de la máscara demasiado largas. “El caso del sindicato químico” se llamaba la historieta que, a pesar de que en la portada anunciaba a Batman, en el interior lo presentaba como The Bat-man. Nació como una especie de Frankestein de los héroes de acción de la época, un compendio de lo que atraía a los lectores. Superman había aparecido poco antes y era un suceso.

El cóctel, que pretendía ser más ingenioso que original, tenía tres medidas de Superman, dos de El Zorro, dos medidas de personajes sacados de las revistas pulp de la época -principalmente de “La Sombra”-, una cucharada de Sherlock Holmes y sus capacidades deductivas, y una pizca de The Bat Whispers, una película de 1930 en la que el protagonista se disfrazaba con una máscara de murciélago y se ocultaba tras un manto negro. Este esperpento podría haber resultado un menjunje risible pero originó un personaje de ficción imperecedero. La mezcla de elementos hace que Batman (como concepto, como historia) siempre esté merodeando el ridículo pero casi siempre consiga salir indemne -excepto cuando le tocó interpretarlo al bueno de Val Kilmer.

Batman atravesó la cultura popular de los últimos ochenta años. Los nombres más disímiles construyeron y transitaron su historia: Bob Kane, DC Comics, Adam West, Frank Miller, Tim Burton, Prince, Jack Nicholson, George Clooney, Christopher Nolan, Heath Ledger, Frank Miller, Alan Moore, Grant Morrison, Ben Afleck y hasta los Lego.

La historia de su origen no fue contada hasta que el personaje no estuvo bien instalado entre los lectores de historietas de la época. Los autores no querían detener el ritmo y la seducción de las aventuras. Los padres de Bruce Wayne (Bruno Díaz para los latinos) fueron asesinados por unos delincuentes a la salida de un cine cuando él tenía 7 años. Desde ese momento se juró combatir el crimen. Para ello eligió camuflar su identidad detrás de la máscara, actuar en la noche, asimilarse a un murciélago, pero a uno justiciero. Tiempo después, varios números más adelante, se incorporaron Robin (Dick Grayson/ Ricardo Tapia) y el mayordomo Alfred a la historia.

El personaje fue un éxito inmediato. Un superhéroe sin súper poderes. Un justiciero con un lado oscuro, con dos caras. No se permite usar armas de fuego por el recuerdo a lo sucedido con sus padres, ni asesinar. Pero sí puede hacer daño y desarrollar su crueldad contra sus enemigos.

Su permanencia y popularidad puede tener varias claves, puede explicarse desde diversos ángulos. Pero, muy posiblemente, el factor más importante, el que determine su perdurabilidad sea esa ausencia de súperpoderes: su humanidad. Entendiendo este concepto más como vulnerabilidad, como inestabilidad demostrada en la lucha permanente, cotidiana, con los fantasmas del pasado, con sus carencias y contradicciones que como capacidad de empatía y solidaridad, de ayuda al prójimo. En la cabeza y el corazón de Batman habitan tormentas. Las contradicciones lo torturan; el dolor no se disipa. Su lucha contra el crimen responde a una predestinación, casi no hay opción en su accionar. Los malvados, frenéticos, inclementes, algo fuera de sí se enfrentan a un ser que no tiene nada de angelical, que no de casualidad habita la noche, oscuro como el ámbito en el que se desenvuelve, alguien que está tan loco como los villanos a los que combate.

Ese fue el elemento que convenció a Tim Burton, el rey de lo extraño, a resucitar al personaje cinematográficamente: “Lo que me gusta de Batman es que todos están mal de la cabeza. Eso los hace hermosos. A diferencia de otros cómics, ahí están todos perturbados: los villanos y Batman”.

 

“I’m Batman”

Batman es millonario. Tiene la Baticueva, el Batimóvil, todos los adelantos tecnológicos, ese cinturón siempre amarillo del que salen los más originales y disparatados implementos (gadgets) con los que derrota a los malvados. Se entrenó para ser invulnerable. Adoptó fortaleza física, habilidades corporales y una destreza mental inigualables. Su don, además del coraje, es la capacidad de análisis, la inteligencia deductiva que le permite entender y ver más allá. Un detective duro, Phillip Marlowe en calzas ajustadas y capa.

Bruce Wayne (Bruno Díaz) es una persona fatua, torpe, que goza de su fortuna y vive con despreocupación. Es la fachada insospechable del superhéroe. No hay esquizofrenia, no se trata de personalidades múltiples. El hecho de que vive a la luz del día es la coartada perfecta para que nadie conozca la identidad del héroe nocturno.

Pero el personaje, bien construido, con un pasado que afecta su presente, tridimensional, con peripecias atractivas está acompañado por una serie de actores secundarios y antagonistas ejemplares. Los villanos, sus villanos, son inquietantes, divertidos, inteligentes, inclementes, cincelados con maldad y humor. El Guasón, el Acertijo, el Pingüino, Gatúbela y muchos más. Otro elemento fundamental es el lugar de los hechos. Ciudad Gótica es un personaje más, tiene vida, es convincente y atemorizante. Es oscura y sucia, un lugar donde el delito parece florecer bajo las baldosas. Un ecosistema corrupto. Las primeras aventuras estaban ambientadas en Nueva York que luego, con algunas modificaciones, exageraciones y pequeñas deformaciones, se convirtió en Ciudad Gótica, el hábitat corrompido, asfixiante y peligroso en el que esos villanos se mueven con comodidad. Ciudad Gótica carece de toda la luminosidad y amplitud de la que goza Metrópolis, la ciudad de Superman.

Como en otros cómics de la época, creados en usinas que manufacturaban cotidianamente decenas de historietas, la autoría estuvo discutida durante años. Así como los creadores de Superman vivieron una vida de postergaciones y desplantes (recomiendo con fervor la lectura de la novela gráfica Joe Shuster, que narra las vicisitudes de los creadores del “Hombre de Acero”) con Batman pasó algo similar. En la actualidad se reconoce que los creadores del personaje fueron Bob Kane y Bill Finger. Sin embargo, durante décadas sólo Bob Kane recibió el crédito. Bill Finger murió sin que se le adjudicara su lugar como autor. Recién después de su fallecimiento, Kane reconoció el aporte de Finger.

El personaje nació con antifaz, alas sólidas de murciélago, manos desnudas y traje que combinaba el rojo y el negro. Fue Finger el que sugirió los guantes (para que fuera imposible distinguirlo a través de sus huellas dactilares), la máscara y el traje oscuro con azul, negro y gris. Y quien junto a Kane imaginó las primeras aventuras. Considerado toda su vida como un amanuense, un guionista más que imaginaba variaciones sobre un héroe ya instalado, Finger no obtuvo el crédito que merecía como autor que merecía. Lo impidieron un sistema industrial, contratos leoninos, intereses económicos, un mercado sin leyes fuertes de protección autoral y egos desmesurados.

 

Batman “audiovisual”

Luego del éxito inicial de las historietas el personaje traspasó a otros lenguajes. Llegaron unos cortos seriados para el cine. Pero con el paso de los años y el cambio de costumbres, la revista mermó sus ventas. Los esfuerzos por atraer al público no cejaron. Se incorporaron nuevos personajes, se reconvirtió a tira de ciencia ficción en los cincuenta; los guionistas probaron diversos caminos para mantenerlo vivo. El declive parecía inevitable. Pero a mediados de los sesenta llegó la serie televisiva. Una serie anclada en su tiempo. Un híbrido, una rareza que navega entre la parodia, el humorismo involuntario y la ingenuidad. Una pieza pop. Bang! Awkkk. Kapow! Ouch. Las onomatopeyas cubrían la pantalla, se sobreimprimían encima de las peleas, y los golpes teatrales. Batman bailaba a go-go. Textos infantiles recitados por hombres en trajes imposibles, uno o dos números más chicos que sus talles, que los encaraban con una solemnidad digna de Shakespeare. Esta versión camp del superhéroe, más luminosa que el resto de la reencarnaciones, es la que se grabó a fuego en miles de infancias en base a repeticiones televisivas. Una versión de Batman sin dilemas, sin desbordes ni capacidad de daño.

A partir de la década del ochenta, los grandes autores de cómics y novelas gráficas tomaron al personaje en sus manos. Los dramas, las debilidades y el costado vulnerable se potenciaron con las firmas de Frank Miller, Alan Moore y Grant Morrison.

En 1989 llegó el regreso al cine y el inicio de la franquicia (y del cine de superhéroes como gran fuente de negocios de Hollywood). Michael Keaton encarnó a Batman dirigido por Tim Burton y musicalizado por Prince. Hubo un segundo Burton. Luego llegó el turno de los dos films dirigidos por Joel Schumacher, dos fracasos artísticos que no pudieron salvar ni la aparición de Robin ni el protagónico de George Clooney en el pico de su fama. La trilogía de Nolan salvó a la franquicia del naufragio. Teniendo en cuenta el daño producido por las anteriores películas, se tomó la decisión de resetear la historia. Retoma el clima gótico y las complejidades que los genios de la novela gráfica de los ochenta y noventa habían instalado.

El título de la primera película de la saga dirigida por Nolan es explícito: “Batman begins” “Batman inicia”. Christian Bale encarna al verdadero “Caballero de la Oscuridad” (“The Dark Knight”). Aparece Heath Ledger como el Guasón en su actuación final. Una encarnación antológica. El Guasón de Ledger tiene capas de complejidad, es perverso e inquietante. Parece el integrante perdido (el jefe perdido, para ser más precisos) de la banda que vandaliza todo lo que se le cruza en “La Naranja Mecánica” de Stanley Kubrik. El anterior Guasón había sido Jack Nicholson (quien hizo el negocio de su vida al resignar salario para quedarse con un porcentaje de la taquilla). Su villano era bombástico, exultante y superficial: un exhibicionista con propensión al grito. El actor hacía de Jack Nicholson pasado de maquillaje. El de Ledger es perturbador y complejo.

Nolan dejó la vara muy alta y llegó el tiempo de Ben Affleck. “Batfleck”. El actor tenía varias cualidades que hacían entusiasmar a los fans. Lo imperturbable, la apostura de galán y el prestigio ganado como cineasta, premios Oscar incluidos. Ni la primera entrega ni su batalla contra Superman lograron colmar las expectativas de los fieles seguidores de la franquicia.

En el medio hubo una gran versión animada, que respeta la dualidad en su personalidad: “Batman, la máscara del fantasma”. Las últimas apariciones de Batman en la pantalla grande fueron a través de Lego y sus películas.

La explicación de todas estas reencarnaciones del superhéroe -sin súperpoderes-, en diferentes épocas, formatos, lenguajes y tonos narrativos se encuentra en la precisa cita que rescató Juan Manuel Domínguez en su excelente libro sobre el cine de superhéroes, “Súper Hollywood”.

Domínguez nos recuerda que Frank Miller dijo: “Batman es una pieza irrompible de la ficción. Es un diamante. Lo puedes tirar contra la pared, lo puedes presionar con una fuerza enorme y no se va a romper. Siempre funciona. Es Batman”.

Así es. Batman siempre funciona. De una manera u otra. Siempre regresa. Con un relato más oscuro o uno más disparatado. En papel o en una pantalla. “El Hombre Murciélago”, el “Caballero de la noche”, Batman se mantendrá, con sus vaivenes, sus caídas y resurgimientos, con un perfil siniestro o más humorístico, con vida y en buena forma. Como diría el Joven Maravilla: ¡Santo aniversario, Batman! Fuente: Infobae / Foto: Cortesía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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