HAMBRE Y SED POR DIOS

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Cuando tenemos hambre y sed de Dios somos como el ciervo que clama que busca el agua. Hay mucho pueblo de Dios que cuando le conoce viven con esa hambre; pero una vez que caen en rutina y costumbre dejan de buscar a Dios como lo hacían antes y van perdiendo el hambre.

La señal de que no tenemos hambre y sed de Dios es que ya no oramos como orábamos antes, ya no le buscamos como antes sino que entramos en el afán; pasamos a ser como martas afanadas y dejamos de ser como maría postrada a sus pies. Cuando tenemos hambre de Dios siempre vamos a necesitar de su dirección, de una Palabra y de que nos muestre dónde nos quiere. Si has perdido el apetito por Dios es tiempo de retomarlo. No es lo mismo servir en su obra que buscarle a él; buscando primero su reino y lo demás llegará por añadidura.

Salmo 42:1-2  “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?”

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Mildres Mata

Profeta

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